martes, 30 de septiembre de 2014

Sin ética no hay país

Sin ética no hay país
Gustavo Coronel

Hay casos de rápida evolución que llaman a a la admiración. Un japonés de cortos años hubiese podido ver  los barcos del Almirante Perry entrar en la bahía de Tokio y también hubiese podido asistir, ya hacia el final de su vida, al acto de rendición de la armada imperial japonesa, a bordo del U.S.S. Missouri, en la misma bahía. La visita de Perry tuvo lugar en 1854 y abrió las puertas del Japón a las influencias occidentales. La rendición de Japón, en 1945, lo llevó a integrar el bloque de países modernos, afines al mundo occidental . En esos noventa años Japón se convirtió de estado feudal en país industrializado. Abolió el shogunato y restauró la dinastía Meiji, más o menos por la misma época en la cual en Venezuela imperaban los hermanos Monagas y se veía venir la Guerra federal (1859-1863). En ese lapso de unos 90 años Venezuela progresó lentamente y, apenas en 1935, entró a la modernidad de mano de Eleazar López Contreras y de médicos sanitaristas como Tejera, Gabaldon, Baldó, García Maldonado, quienes derrotaron las plagas y epidemias que caracterizan a los pueblos atrasados.
Todo un país, Japón cambió drásticamente para mejorar, en el curso de una  vida humana.  Todo un país, Venezuela, ha sido destruido en apenas 15 años por una pandilla de hampones ignorantes e ineptos. Y es que la involución  lamentablemente se lleva a  cabo de manera mucho más más rápida que la evolución. Construir es un proceso penoso y largo, destruir es un acto breve de maldad.
El acto de construir requiere  un liderazgo y visión perseverante en el tiempo mientras que el acto de destruir apenas necesita de una poblada guiada por los más bajos deseos. En Venezuela 1999-2014  la extrema rapidez de la destrucción y su espantosa magnitud requirió una quiebra de la ética colectiva venezolana como nunca la hubiéramos pensado posible. En el proceso de destrucción nacional han participado:  (1),  los miembros del llamado chavismo-castrismo,  fanáticos empeñados en retroceder al siglo XIX en pleno siglo XXI; (2), una gran masa de gente pobre, ansiosa de salir de la pobreza rapidamente y dispuesta a dar lealtad a quien se lo prometa, sin pensar que no hay salida a la pobreza que no sea por la vía de la educación y del trabajo; (3),  una clase empresarial y bancaria  de apellidos conocidos pero podridos en cuerpo y alma que se ha llenado los bolsillos de dinero petrolero a expensas del bienestar de la nación; (4), una Fuerza Armada que se ha prostituído con una pasmosa facilidad, inclusive incursionando en el tráfico masivo de drogas, convirtiendo al régimen en un narco-estado; y, (5), una burocracia que ha aprovechado  la ineptitud y  la complicidad del poder para saquear el tesoro público con total impunidad, demoliendo instituciones y violando constitución y leyes.
Es hasta estadísticamente documentable que esta gran masa de cómplices, unos con premeditación y otros acuciados por el deseo de salir de abajo tomando atajos, constituyó en algun momento la mayoría en el país. De otra manera no puede explicarse la rapidez con la cual se ha  llevado a cabo el desastre. Aparejados a esta gran masa hemos tenido grupos importantes de venezolanos que, sin convenir con los métodos del régimen, han dejado que el desastre se lleve a cabo por múltiples razones: indiferencia, flojera o deseos de seguir actuando frente al hamponato con guantes blancos, como si estuviéramos bajo un sistema democrático. Los venezolanos quienes han  defendido democracia y libertad con vigor y decisión, apegados a la ética que aprendieron en sus hogares y de sus maestros, han sido hostigados por enemigos y ni-nis, haciendo muy difícil que la nación encuentre el camino hacia la recuperación.
La ética es una brújula, una guía para la acción: no robar, no hacer daño, sumar al bien colectivo, manejar cuidadosamente el erario público, ser buenos ciudadanos. Quienes llevan en alto esa bandera ética están en minoría en Venezuela y es necesario enfrentarnos con esa realidad. No podemos seguir rindiéndole pleitesía a las virtudes de la pobreza o seguir excluyendo a quienes quieren progresar en aras de quienes prefieren permanecer en el atraso. Los niños de la calle no son niños de la patria ni los damnificados son dignificados. Son gente afligida que requiere pasar de la categoría de  desposeídos a la categoría de ciudadanos. La pobreza es una enfermedad, no una virtud.  La ignorancia no es una característica amable y folklórica sino una terrible aflicción que genera hambre, enfermedad y criminalidad.

Si la ética no prevalece, si no hay justicia ejemplar para el crimen y la corrupción en Venezuela  veremos llegar otros chávez y otros maduros y seguiremos sin huevos.

viernes, 11 de abril de 2014

Crónica de Venezuela - Enrique Krauze

ENRIQUE KRAUZE
Crónica de Venezuela
10 DE ABRIL 2014 - 00:01

¡Pobres latinoamericanos! El mundo no se interesa en nosotros y nosotros no nos interesamos en nuestros “países hermanos”. Hemos mirado siempre hacia fuera, con admiración a Europa y con recelo a Estados Unidos, pero no hacia dentro, hacia las experiencias históricas comunes de nuestros países. Por eso, a muchos amigos míos les pareció extraño que en 2007 comenzara a interesarme en Venezuela. No tenía nada de extraño. Quería yo ver con mis propios ojos la experiencia de un país gobernado por un régimen populista.

En diciembre de 2007, cuando visité Caracas por primera vez, Chávez (que llevaba nueve años en el poder) acababa de sufrir su primera (y a la postre única) derrota electoral. En un referéndum, una mayoría de los venezolanos había dicho No al proyecto de acelerar la convergencia entre Venezuela y Cuba, no solo en términos de política económica (creación de comunas, centralización política, límites definitivos a la propiedad privada) sino de una confederación formal entre ambas naciones. Los principales opositores fueron los estudiantes que, como en muchos otros momentos de la historia latinoamericana, jugaron un papel crucial en la defensa de las libertades.

La impresión mayor que me causó Venezuela fue la de un país seriamente dividido. Me propuse hablar con representantes de ambas mitades, y (salvo el presidente, que declinó por estar de gira por “la hermana república de Bielorrusia”) lo logré. Por parte de la oposición, el agravio reciente era la expropiación ordenada por Chávez de la cadena de televisión RCTV, la más antigua de Venezuela. Con ese acto, quedaba ya solo una cadena independiente: Globovisión. La radio era todavía libre y al menos dos periódicos de oposición circulaban profusamente (El Nacional y Tal Cuál), pero el predominio de Chávez en los medios era ya abrumador: frecuentes cadenas nacionales y un popularísimo programa de televisión dominical en el que él era el único y formidable show man: Aló, Presidente.

Lo que Venezuela vivía entonces no era solo un clima de polarización sino una guerra ideológica instigada y practicada principalmente por el gobierno: de un lado los revolucionarios, los bolivarianos, los socialistas; del otro lado los lacayos del Imperio, los traidores, los “pitiyanquis”. Me parecía un milagro que Venezuela –cuya historia de violencia es una de las más atroces del continente– no se hubiese precipitado a una guerra civil.

La paz pendía de un pilar: la lealtad del Ejército, principal protagonista de la historia venezolana. Después del frustrado golpe de Estado de 2002, el Ejército cerró sus filas con el presidente, que tuvo además el cuidado de jubilar a los mandos mayores y promover masivamente a los menores. Pero aun dentro del Ejército, antiguos compañeros de Chávez como el general Raúl Isaías Baduel (que lo había salvado en los días del golpe) criticaban el poder unipersonal de Chávez. Cuando visité Caracas, Baduel estaba a punto de ser encarcelado. (Permanece hasta ahora en prisión).

Aquel ahogo paulatino y sistemático a la libertad de expresión era solo un capítulo de una asfixia más amplia: la de la democracia. Chávez (que había llegado al poder por la vía electoral y seguía ganando elecciones) había ido integrando a su poder personal (mediante la cooptación, la intimidación o la represión) todas las instituciones políticas que debían servir de contrapeso: el Poder Legislativo, el Judicial, el Electoral (el manejo de las elecciones), el Fiscal. Todo ello, aunado al control directo de Pdvsa, al uso discrecional de los inmensos recursos petroleros (en años anteriores a la crisis de 2008) y a la nacionalización creciente de industrias privadas, apuntaba a un Estado que no necesitaba de un referéndum para evidenciar su simpatía con el modelo cubano al que, en un acto de insensato anacronismo, quería emular y perfeccionar.

Frente a ese proyecto se levantaban varios protagonistas colectivos, además de los empresarios (villanos por antonomasia de la retórica oficial): la Iglesia (menos influyente en Venezuela que en otros países de la región) los estudiantes (aun los de las universidades públicas), una mayoría de intelectuales, periodistas, artistas, líderes sindicales (Chávez coartaba la libertad de huelga) y –señaladamente– los más respetados líderes históricos de la izquierda, como los legendarios exguerrilleros Teodoro Petkoff o Américo Martín (que habían participado en la invasión desde Cuba a Venezuela en los sesenta y que, desencantados por la vía cubana, habían revalorado la democracia). A todos los unía una convicción común: oponerse al caudillo y al caudillismo.

La crítica, pues, era política. El agravio era político. El peligro que se percibía era sobre todo político. Muy pocos entre mis interlocutores dudaban de la vocación social del gobierno. Y algunos –yo mismo– la admiraba. Criticaban, eso sí, el modo de instrumentarla, la aberración de convertir Pdvsa –la eficiente y poderosa compañía de petróleo venezolano– en una especie de Estado paralelo ocupado de controlar clientelarmente a los ciudadanos y a manejar a su capricho los núcleos de la actividad económica. El despilfarro, la desorganización, la ineficacia y la inmensa corrupción derivada de este arreglo “revolucionario” eran ya para entonces alarmantes.

Pero las mentes más moderadas tendían a admitir una verdad evidente: la gente quería mucho a Chávez, y creía en él porque quizá por primera vez en la historia de sus vidas (y las vidas de sus ancestros) tenían frente a sí, domingo a domingo, a un presidente que les hablaba a ellos, que se preocupaba por ellos, que era uno de ellos.

Visité los mercados populares y las diversas “misiones” que Chávez acababa de fundar en los barrios pobres con varios propósitos, entre ellos, de salud, de alfabetización, distribución de productos baratos. Algunos funcionaban, otros no. La masiva presencia de personal cubano en los servicios médicos era la contraprestación al envío de petróleo subsidiado a Cuba. (La de personal de seguridad era menos evidente). Los ministros de Chávez que entrevisté, sus consejeros cercanos, sus intelectuales parecían genuinamente convencidos de que en Venezuela se estaba gestando un renacimiento del socialismo que la caída del Muro de Berlín creía haber sepultado: el “socialismo del siglo XXI”.

                                                              * * *
Para entender mejor aquel presente y vislumbrar el futuro acudí a los únicos profetas en los que creo: los historiadores. Conversé largamente con varios expertos en Bolívar y en el culto religioso a su figura: Germán Carrera Damas, Elías Pino Iturrieta, Manuel Caballero, Simón Alberto Consalvi, Inés Quintero. Comprendí que libraban una batalla política crucial, una batalla por la verdad histórica, con un adversario formidable: el propio presidente Chávez, lector exhaustivo y exégeta de Bolívar, a quien aplicaba –sin saberlo y de la manera más estricta– la filosofía histórica y la teoría política de Carlyle (autor, por cierto, muy leído en estas tierras). Fueron mis colegas los que me dieron la perspectiva que necesitaba: Chávez no era un accidente de la historia venezolana, era un producto natural, esperado, de casi dos siglos de una historia trágica que ha oscilado entre episodios de inaudita violencia (social, racial) y largas dictaduras unipersonales de una duración y ferocidad casi sin precedente en América Latina.

Un trasfondo tiránico ha pesado sobre Venezuela desde sus orígenes. Además de los dictadores del siglo XIX (algunos ilustrados, otros de oropel), del 1907 a 1935 Venezuela padeció al “gendarme necesario” (como se le llamó a Juan Vicente Gómez). Mientras que la vecina Colombia celebró elecciones ininterrumpidas desde 1830 (y nunca tuvo un caudillo visible o un dictador) Venezuela tuvo su primera elección constitucional hasta 1947. Al poco tiempo ocurrió un golpe de Estado que llevó al poder a un nuevo dictador), Marcos Pérez Jiménez. Por fin, en 1958, el padre de la democracia venezolana, Rómulo Betancourt, pudo negociar un famoso pacto entre sus líderes rivales de derecha e izquierda (Rafael Caldera y Jóvito Villalba) que instauró la democracia. Ese orden duró tres décadas.

Lo más notable del mensaje que recibí de los historiadores, es el entusiasmo, la autenticidad, la profundidad con que Venezuela (como para revertir 150 años de dictadura, o para ganar el tiempo perdido) vivió esa experiencia. Bajo todo aspecto que se la mire (alternancia, limpieza electoral, división de poderes, autonomía judicial), Venezuela aprendió a vivir en democracia. Esas libertades, y un notable y estable crecimiento económico, la volvieron polo de atracción para la migración de Europa, en particular de España, y un puerto de abrigo para los perseguidos de las dictaduras latinoamericanas. Pero la moneda tuvo un reverso, sobre todo a partir de 1973, con el boom de los precios petroleros: la corrupción y la marcada desatención a los pobres. En 1989, una revuelta popular contra los súbitos ajustes de precios desembocó en saqueos que el gobierno reprimió salvajemente: hubo centenares de muertos.

La quiebra (el suicidio) de ese orden democrático fue el caldo de cultivo para la reaparición de caudillo, en la persona de un militar iluminado, el comandante Hugo Chávez. Aunque en 1992 intentó llegar al poder por un golpe de Estado, su encarcelamiento posterior lo convirtió en mártir y fue la mejor propaganda para su campaña electoral. Llegó al poder en 1998 por una votación masiva y legítima. Pero ni siquiera los sabios historiadores previeron el silogismo que esperaba a su país: Chávez admiraba a Bolívar como a Dios, él mismo se sentía la reencarnación de Bolívar, luego su endiosamiento era cuestión de tiempo.

Ya en los albores del siglo XXI, al control progresivo de las riendas del poder y el dominio sin límites de la riqueza petrolera se aunó un factor que casi nadie previó, menos aún tras la caída del Muro de Berlín: la influencia política e ideológica de Fidel Castro. Desde 1959 había puesto el ojo en el petróleo venezolano. Ejercía un hechizo sobre el hechicero. Chávez lo veía como un padre. La federación Cuba Venezuela vivía ya en el vínculo entre ambos. Venezuela, con su petróleo, le dio respiración artificial a Cuba; Cuba, con su experiencia política y policial, se hizo de los hilos del poder en Venezuela. Chávez buscaba genuinamente ser el Castro del siglo XXI. La muerte se lo impidió.

                                                           * * *
 Hoy la división entre las dos Venezuela que dibujaron los historiadores –la caudillista y la democrática– ha desembocado en la violencia que yo sentí latente desde hace años. Era previsible. Chávez era el muro final de contención. Su sucesor, Nicolás Maduro, no tiene el carisma de Chávez ni sus habilidades políticas ni su legitimidad… ni su aversión a la violencia. (Chávez no mató). Pero el “chavismo sin Chávez” tiene una base social fiel, amplia y poderosa. Frente a ella se erige otra Venezuela, que no busca voltear la espalda a los pobres ni revertir políticas sociales y tampoco exige la caída del gobierno. Lo que pide es la honesta restauración de la democracia con todas sus esenciales libertades y respeto a los derechos humanos.


Ojalá Venezuela, con su inmensa riqueza petrolera, evite precipitarse en la más terrible crisis económica de su historia. Y en aterradores escenarios de violencia tan comunes en su pasado, como un golpe de Estado o una guerra civil. Podría lograrlo si el gobierno abriera un capítulo inédito de genuino diálogo y conciliación. Pero ni Maduro ni sus aliados cubanos parecen dispuestos a intentarlo. Y así se da la triste paradoja de que los venezolanos, que con Bolívar hace dos siglos liberaron a medio continente, hoy luchan solos por su libertad.

jueves, 16 de enero de 2014

Nuestra banalidad del mal

COLETTE CAPRILES
El Nacional, 16 de enero de 2014

Nuestra banalidad del mal

Mi recuerdo ya borroso de La Habana de finales de los setenta: calles solitarias, afligidas y en penumbra. Es la imagen de la desaparición de los lugares públicos, espacios convertidos en peligro por la dictadura. Y su inversión liberada: los destapes de Madrid y Buenos Aires cuando, recobrada la democracia, las calles volvieron a ser posesión pública y escenario de la vida. La misma oscuridad se cierne sobre Caracas y todas las ciudades de este país, pero con un número de lotería. Ya no atribuimos responsabilidades, sino que asignamos probabilidades. Queda el puro miedo. Y a falta de otra cosa, la tragedia une.
Quizás es que resulta inconcebible que un gobierno, que un Estado más bien, se disuelva frente a la muerte. No sé qué clase de teoría interpretativa se está edificando en las páginas financiadas por el régimen, pero se me ocurre que puede ser algo así como una tesis sociológica que distinga entre malandros-víctimas y malandros-diabólicos; todos resultado de una matriz de injusticia social, pero unos pocos definitivamente perversos, cuya existencia no invalida la presunta teoría social que los justifica. El crimen es siempre colectivo, según la lógica de los “condenados de la tierra” que subyace a la lectura chavista. Es nuestra versión tropical de la “banalidad del mal” que Arendt descubre en el lenguaje estereotipado de Eichmann: para nosotros, es la imagen estereotipada del pran, el malandro elevado a potencia natural, figura del inframundo que renuncia a su propia humanidad y no puede reconocerla en los demás.
Pero creyendo politizarlo (en el sentido de intentar convertirlo en un síntoma de una sociedad injusta o desigual que se proyecta sustituir por otra), el chavismo ha dado un paso crucial en la despolitización general a la que parece dirigirse, y se aleja aún más de cualquier pretensión ideológica para abrazarse a la manu militari con la que le da forma a sus aspiraciones de control total. Lo que digo es esto: el chavismo, a partir de un cierto momento, dejó de tener ideas sobre la seguridad pública. El discurso justificador que románticamente veía en el criminal un espontáneo subversivo contra la sociedad capitalista, una especie de buen salvaje postindustrial, terminó siendo sustituido por un pacto territorial que reconoce en la delincuencia un aliado desagradable pero inevitable. La ministra penitenciaria no es sino una dócil embajadora del gobierno ante las apetencias imperiales del hampa, esa federación de pranes cuya única lógica es la de su propio beneficio, y que, por carecer precisamente de forma política, es incapaz a su vez de controlar a sus propios miembros, que periódicamente rompen el acuerdo con el Estado, ese pacto forjado en las oficinas de los pranes que son los penales venezolanos. Queda al desnudo la vocación profunda del chavismo: desconocer la política (que le obligaría a alianzas con los factores sociales, económicos, políticos) y ceder, pusilánime, ante la fuerza.

Siempre resulta popular la tesis conspirativa que ve la indiferencia oficial como una muestra inequívoca de una estrategia de control político. Por el contrario, es evidente que hay una porción gigantesca de la vida del país que impone su fuerza sobre el resto, sin que el Estado, ni el gobierno, ni los limitados funcionarios que parlotean en el vacío, sean capaces de otra cosa que simular programas y declaraciones. Es un poder insidioso, tentacular, que toca todas las esferas de la vida pública y de la cotidiana.

La solución es preferir la vida (y la supervivencia de lo público) sobre la revolución. Paradójicamente, exige politizar a la sociedad. Implica reconocer un asunto esencial de un régimen democrático: que el Estado no es el instrumento privado de unos tipos, ni de un proyecto específico, sino un acuerdo político acerca de la administración del poder. Las instituciones están ahí, vacías, vaciadas más bien, y basta con una decisión política para hacerlas eficaces.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

El subdesarrollo es un estado mental

El subdesarrollo es un estado mental

MIGUEL ÁNGEL SANTOS |  EL UNIVERSAL

miércoles 18 de septiembre de 2013  12:00 AM

Hace ya algún tiempo, una tarde a mediados de los años noventa, Janet Kelly se me acercó para pedirme un favor. Un tal Lawrence Harrison estaba dictando varias conferencias en Venezuela, y alguien había llamado para preguntar si en el IESA había interés en conversar con él. "No he leído nada de él, pero sí lo he escuchado nombrar... quizás vale la pena". Por aquellos días no había posibilidad de "googlear" su nombre, así que decidí probar suerte en la biblioteca Lorenzo Mendoza Fleury. Allí di con "El subdesarrollo es un estado mental", la más conocida de sus obras. Unos días más tarde, Harrison abría su intervención ante un pequeño grupo de profesores, empleados y estudiantes, como un chiste que jamás he olvidado.

Tres maridos, un liberal, un conservador y un comunista; regresan a casa al final de una jornada de trabajo. Cada uno encuentra, en su propio hogar, a su respectiva esposa en la cama con otro hombre. El conservador decide matarlos a los dos. Adúlteros, infieles e inmorales: ¡No merecen vivir! El liberal considera lo ocurrido como consecuencia de sus propios actos. De alguna forma que trágicamente desconoce, ha sido él el verdadero causante de esa escena. Se suicida. El comunista sale apresuradamente del lugar y se va a lanzar piedras a las puertas de la embajada de Estados Unidos. Ese chiste me ha venido a la mente a raíz de la creación del Órgano Superior de la Economía. Según Nicolás Maduro, "su gran reto va a ser neutralizar todos los factores que sabotean la vida económica del pueblo... Un órgano superior para garantizar el abastecimiento y el funcionamiento de toda la economía y dirigir la guerra económica entre (sic) el gobierno y el pueblo". Para completar el roster, Maduro anuncia la incorporación de "las FAN, el pueblo en salas de batalla social, consejos comunales, comunas, y demás movimientos sociales", así como también la creación de un 0-800-SABOTAJE.

Es así. El gobierno nos quiere convencer de que estamos como estamos como consecuencia de un colosal sabotaje. El precio del dólar en el mercado paralelo se ha disparado 300% desde las elecciones de octubre para acá por un brote especulador. No tiene nada que ver que en el transcurso de ese período ellos hayan impreso 64% más de dinero, eliminado el Sitme, y realizado apenas tres subastas en lo que va de año por algo más de ochocientos millones de dólares. Tampoco tiene que ver con el hecho de que mantengan las tasas de interés pasivas entre 30% y 40% por debajo de la inflación, para financiarse "barato" con las pérdidas de valor del dinero de los ahorristas. Los especuladores son la nación entera, se encuentran repartidos a todo lo largo de la geografía y el aparato productivo nacional. Son responsables de la inflación en alimentos (65%), bebidas alcohólicas (56%), restaurantes y hoteles (52%). Han infiltrado el transporte (42%) e inclusive los espacios de esparcimiento y cultura (44%). Es una especie muy particular. A pesar de su deseo de derrocar al gobierno, mantuvieron la inflación en apenas 19% hasta octubre, sólo a partir de ahí empezaron a presionar. Para todos los que han venido pregonando la adopción de una política económica "más práctica", la liberación del paralelo, un acuerdo con el FMI y la apertura de nuevas concesiones petroleras, la creación de este organismo viene a ser algo así como sacar la tarjeta de "Cárcel" en Monopolio. ¡Sin pasar por Go!, ni cobrar doscientos. Es demasiado tarde para reinventarse y, en cualquier caso, no tienen con qué.

Harrison advertía que aquel chiste estaba demodé. El muro de Berlín había caído. Ya el comunismo había sido barrido de este a oeste. A ninguno de los que estábamos allí aquel viernes en la tarde se nos ocurriría pensar que veinte años después estaríamos aquí, sin leche ni papel toilet, con el salario real y la economía cayéndose a pedazos, escuchando en cadena nacional el llamado a lanzar piedras en la Embajada de Estados Unidos. Muchos pensábamos que nos dejaríamos la vida en el esfuerzo de sacar a Venezuela de aquel lodazal en la que la había dejado la segunda mitad de la cuarta, encarnada su máxima expresión en la segundo gobierno de Rafael Caldera. No fue así. Pero las circunstancias nos revelan, no definen quiénes somos. Lo único que no ha cambiado es precisamente eso: el subdesarrollo está en nuestra mente. Ahora quizás esté en la mente de unos cuantos más que en aquel entonces. Nos toca, como escribía Miguel de Unamuno "enfresar nuestra alma en la de los que la tienen dormida, o acaso muerta, y que viva allí, y allí, hecha como un óleo, arda y alumbre". No hay luz sin fuego.


@miguelsantos12

jueves, 15 de agosto de 2013

A propósito de Millonas

A propósito de millonas
Colette Capriles

No hay ninguna inocencia en esa degradación continua del lenguaje y los chistes que provoca sólo cansan. La burla de las formas gramaticales quiere ser provocación política, torciendo el sentido como para mostrar que el poder no conoce límites. En este caso, además de querer exhibir el desprecio por el sentido común, hay una ironía sobre el lenguaje políticamente correcto y el calvinismo trastocado en arma identitaria. La incorrección del lenguaje se vuelve "correcta" como alusión a una presunta igualación de género. Y por ahí se marca territorio y se corrompe aún más la cuestión del lenguaje de género.

Digo "aún más" porque la idea de que la igualdad entre hombres y mujeres se logre a costa de eufemismos y torcimientos lingüísticos sólo puede ser resultado de una perversión muy profunda tanto de la idea de igualdad como la de la naturaleza del lenguaje. En español por otra parte los resultados son aún más grotescos porque en nuestro idioma, la confusión entre el género de las palabras y el género de los referentes de esas palabras revela mejor que otras lenguas lo absurdo del emprendimiento. Al no tener género neutro (género gramatical obviamente), el masculino se usa en castellano como equivalente al neutro. De modo que "niños y niñas", por ejemplo, tendría que ser algo así como "niños (en general), niños (varones) y niñas (hembras)" para poder satisfacer la taxonomía de los obsesivos puritanos que creen que con mencionar a las hembras se les transfiere una "visibilidad" que no tendrían de otro modo. Y por supuesto que el material para chistes se vuelve infinito cuando esta política se encuentra con la ignorancia etimológica: ¿qué hacer con palabras como "poeta" o "pediatra" que terminan en "a" pero son masculinas, porque provienen de lenguas que sí tienen género neutro explícito? Pero lo importante, creo yo, es que cada vez es más masivo el desplazamiento de lo político hacia la esfera de las prácticas simbólicas, como intervenciones deliberadas de las formas cotidianas de representarnos el mundo. El mundo íntimo queda atravesado por líneas de poder que lo transforman en algo ajeno, irreconocible. Lo anticipaba Aldous Huxley en una carta a George Orwell a propósito de la publicación de la novela de este último, 1984, (y agradezco a Roger Michelena, @libreros, la referencia de http://pijamasurf.com/2012/03/vislumbres-del-totalitarismo-y-el-control-de-masas-lacarta-de-huxley-a-orwell-al-publicarse-1984/): "Pienso que en la próxima generación los amos del mundo descubrirán (...) que el anhelo de poder puede satisfacerse tan justa y completamente lo mismo sugiriendo a la gente que ame su servidumbre como flagelándolos y golpeándolos hasta la obediencia".

Parece que toda la vida se nos ha convertido en una cruzada, llena de imperativos y de vigilancias, con un mar repleto de mensajes en botellas que alguien leerá o que nadie verá nunca; pero esta, la resistencia a los totalitarismos lingüísticos, a la irrupción del poder en los fundamentos de lo que nos es más común y compartido, que es nuestro idioma, resulta ser la más importante, la frontera última de la identidad.


Que el poder pretenda construir un dialecto que viola las convenciones degradando la lógica (puesto que eso es lo que es la gramática); que pretenda imponer una neolengua irracional para adelantar su proyecto de una nueva cultura diseñada desde las profundidades de su resentimiento, es, como se dijo desde algún rincón de la abominable alfombra burocrática, inadmisible.

jueves, 1 de agosto de 2013

Orgullo y revolución

Orgullo y revolución
Venezuela, ahogada en su sueño revolucionario, no ha entendido el sentido de la crisis económica

AXEL CAPRILES M. |  EL UNIVERSAL
jueves 1 de agosto de 2013  12:00 AM

De todos los países latinoamericanos, Venezuela y Nicaragua son los que más orgullosos están de su nacionalidad. Según el Latinobarómetro, el 95,10% de los venezolanos estamos muy orgullosos o bastante orgullosos de ser venezolanos. ¿Orgullosos por qué? No lo dice con exactitud. Simplemente orgullosos. Naciones latinoamericanas con mayores aportes a la historia de la cultura como Argentina o México muestran cifras menores de 83,10% y 87% respectivamente. Tal vez sea una valía que, como decía Américo Castro de los españoles, no se funda en el hacer sino en el ser, que no requiere de mayores logros ni de hacer nada, por serlo ya todo la persona. Una especie de altivez esencial "por ser yo quien soy".

El orgullo, como pasión inscrita dentro de la psicología narcisista, lleva a una excesiva estima de sí y crea una imagen grandiosa del yo. Tal vez esa pasión haya estado excesivamente presente en nuestra cultura y haya sido eso lo que impulsó al autor de Peonía, Manuel Vicente Romero García, a decir, en tiempos de Cipriano Castro, que "Venezuela es un país de nulidades engreídas y reputaciones consagradas". La revolución bolivariana, hoy, está haciendo todo lo posible para convalidar la cínica sentencia de Romero García.

En principio, no nos debería afectar el hecho de que alguien tenga ínfulas de grandeza, sea desmesuradamente vanidoso o sufra de engreimiento o endiosamiento. Con tal de vernos a nosotros mismos en su justa dimensión podríamos poner en perspectiva el narcisismo del otro. El problema es que la imagen de grandiosidad trastoca falazmente la realidad y produce serios problemas de adaptación. Es lo que está sucediendo en Venezuela que, ahogada en su sueño revolucionario de grandeza, no ha entendido el sentido de la crisis económica, institucional y social del mundo actual. En momentos urgidos de una total recomposición de las relaciones entre el Estado y la sociedad, las fuerzas estatistas regresivas de la revolución se regodean en sí mismas como virus que celebra la enfermedad.


@axelcapriles 

Pensadores sin crédito

Pensadores sin crédito – Antonio López Ortega

Un amigo colaborador de diarios españoles me dice: “Es difícil conseguir opiniones equilibradas en Venezuela.” Me hace el comentario en medio de un dossier que sobre Venezuela quiere hacer una revista cultural. A los que pueden tener posiciones críticas, los llaman sesgados, y nada se publica sin que haya una contraparte o una opinión contraria. En eso, Venezuela ha entrado a una nueva categorización: nada de lo que escribe u opina, incluso viniendo de una gran pluma, merece crédito si no se consigue la opinión contraria o alterna.

Lo que ha sido virtud del periodismo moderno –los equilibrios informativos– se quiere imponer ahora sobre la opinión o la crítica. Algún mérito habrán obtenido los aparatos oficiales para lograr estos reflejos condicionados, incluso de los grandes medios del planeta: no se le puede solicitar un artículo a Elías Pino Iturrieta sin hacer lo mismo con, pongamos, Eleazar Díaz Rangel.En síntesis, lo de Pino no vale por lo que vale, sino por el contraste que los editores quieren asegurar. Antes, los periódicos o revistas eran tribunas de pensamiento: Le Figaro, por ejemplo, era terraza del conservadurismo, mientras Le Monde plaza del liberalismo. Plural y luego Vuelta, en el paisaje cultural mexicano, postulaban posturas políticas muy distintas a las de venerables publicaciones de izquierda. Publicar en una editorial, incluso, podía ser un retrato en familia: formar parte del catálogo de Siglo XXI era algo muy distinto que estar en el de Joaquín Mortiz. Para volver a la península de donde hemos partido, una tabla de diarios españoles del siglo XIX venía con apellidos casi risueños: Diario de Barcelona era afrancesado, El Espectador liberal, El Español moderado, Eco del Comercio progresista, La Esperanza carlista, El Tribuno demócrata y La Democracia republicano.


Armar un dossier sobre Venezuela se ha convertido en una operación quirúrgica: los editores usan bisturíes, pinzas, guantes y, algunos, hasta tapabocas. Es indudable que actúan como si un ser superior, omnipresente, los vigilara. Algo de censura, o de autocensura, ronda por sus actos. Temen que un embajador se enfade y mande una carta, que un círculo bolivariano se aposte en su sede, que un representante oficial los tilde de sectarios. En el fondo, asistimos a la muerte de la opinión, del librepensamiento, de la crítica. La crítica, sí, ese reflejo que las democracias modernas tienen para saber cuándo se vuelven deformes. La muerte de la crítica es lo que ha perseguido un régimen que ha acallado a todos los medios independientes, cuando no multado o comprado: fórmulas “formales” para llegar al fin que no ocultan en sus numerosas declaraciones: “la hegemonía comunicacional”. ¿No tienen los medios internacionales en ese concepto razón suficiente para hablar de verdaderos desequilibrios? Quizás la vista no tendrían que ponerla en las pocas páginas que con tanto velo examinan sino en la política de silenciamiento que nos convierte en un país de mudos.



Quienes hasta hace poco creían que los medios internacionales serían un respiradero, pueden sentirse hoy más solos y extrañados. Los oídos de afuera, si acaso nos oyen, lo hacen con desconfianza: no pasamos de ser unos obsesos, unos lunáticos, unos gritones. Anna Ajmátova también obtuvo silencio de sus pares franceses cuando en sus misivas de l’entre guerre comenzaba a dudar del “hombre nuevo”. En definitiva, no nos tenemos sino a nosotros mismos: con nuestros pesares, con nuestras flaquezas, con la roca que empujamos hacia la cúspide para que, como Sísifos redivivos, se nos venga encima. Y a los intelectuales o escritores, cuyo único oficio es pensar y escribir, decirles que los rechazos de hoy, cuando nos tildan de unidimensionales, serán las verdades de mañana.