lunes, 11 de mayo de 2015

El país de la alegría

El país de la alegría
FRANCISCO JAVIER PÉREZ
11 DE MAYO 2015 - 12:01 AM
El Nacional

Insistiendo en la consigna sobre una filosofía de la alegría que colma nuestras conductas ante la adversidad, que recalca frente a la formas toda forma de informalismos y que agota la posibilidad de entendernos agotados ante el peso de nuestras culpas privadas, ciudadanas, locales y nacionales, la naturaleza venezolana transcurre rechazando todo aquel desarrollo que parezca “aguar la fiesta” y desterrando toda aproximación que nos pretenda desviar de la anotación (y de la nota) sobre nuestra permanente proposición de gaya subsistencia.

Caracterizada, así, por observadores foráneos y por evaluadores comprometidos como un país alegre y despreocupado, la comprensión de Venezuela oculta muchos descalabros tras la perturbadora farsa tantas veces publicitada y malhadadamente repetida: somos un país alegre. Cautiverio de una mentira que se renueva para colmarse con la gestión nacional, local, ciudadana y personal alcanzada gracias a este supuesto don celestial de la estirpe; camino único y correcto para la superación de todos los reveses y de todas las enlodaduras de la vida venezolana.

Ya al inaugurarse nuestro nada alegre siglo XIX (premonición de las tristezas por llegar), Rafael María Baralt consignaba, en ese prodigio escriturario que es su Resumen de la historia de Venezuela (1841), la cruenta realidad de nuestra historia y de nuestro carácter nacional. Teniendo ante su mirada los tiempos coloniales que acaban de culminar y los primeros momentos de la república recién libertada que apenas comienzan, Baralt va a sucumbir a la lectura de lo patético, de lo infeliz y de lo agónico. Arrollado por el fardo espiritual de una cronología que nos había ya destinado anales de tortura, sangre y muerte, Baralt va a imprecar el treno desgarrador de la tristeza venezolana. 

Escalofriantemente, además, va a sentenciar la historia del país como cronología signada por el dolor, la elegía y la desesperanza. Baralt va a alcanzar en esta formulación (y no me gustaría que volviéramos a desautorizarla sobre la base de los lugares comunes de una crítica que deshace todo, invocando siempre que se trata de modos deterministas de argumentación), el mejor retrato del país de la alegría (con elipsis del adjetivo tropical y todo). Prestemos la mayor atención a estas palabras que caracterizan al país alegre, en donde, dramáticamente, todo vino a significar nada:
“Al contrario, en la zona tórrida, donde destituido el hombre de necesidades y cuidados, vive feliz en suaves climas al abrigo de una tierra feraz que le ofrece cosechas tempranas y abundantes. Bastan cortos terrenos para la subsistencia de un gran número de familias, y escasa industria al cultivo de plantas generosas, que crecen y prosperan sin el trabajo del hombre: virgen allí la naturaleza, no necesita de los auxilios de la ciencia para dar al cultivador frutos óptimos, y a la sombra del plátano pasa el hombre la vida dormitando, como el salvaje del Orinoco al dulce murmurio de sus palmas. Esta es la causa de que en América provincias muy pobladas parecían casi desiertas; las habitaciones yacían desparramadas por los bosques; cerca de las ciudades estaba la tierra cubierta de selvas, y las plantas espontáneas predominaban  por doquiera sobre las cultivadas. Tales circunstancias, así modificaban la apariencia física del país, como el carácter de las gentes, dando a uno y otro particular fisonomía. El suelo agreste e inculto se ostentaba en toda la pompa y majestad del tiempo primitivo; aquí se veía el bosque no talado, allí la selva umbría, las llanuras inmensas, la sierra, el valle, con todos sus primores: naturaleza colosal en sus formas, sublime en su abandono, digna de razas más felices. Estas cultivaban una porción pequeñísima del campo, a la falda de las cordilleras; cada familia proletaria o un grupo reducido de ellas, separada de las otras por distancias considerables que hacían mayores los pésimos caminos y la falta de puentes. Así una población, de suyo limitada, vivía sin comunicación, y como si dijéramos perdida, en un país vastísimo; y la civilización era nula, porque ésta no adelanta sino a proporción que el suelo y los hombres se equilibran, y que las relaciones entre ellos se multiplican y estrechan. Rudos e ignorantes debían ser y lo eran; también agrestes, como el país en que vivían. La soledad, la benignidad del clima, y la carencia de necesidades, desarrollaron en ellos varios sentimientos principales que pueden considerarse como base de su carácter: desapego a toda especie de sujeción y de trabajo. Indiferencia por la cosa pública, el amor genial del hombre salvaje por la independencia, y una dulzura de carácter que provenía a un tiempo de indolencia, falta de energía y bondad de corazón” (Capítulo XXII: “Carácter nacional”).
Más tarde el panorama se oscurecería con tintes profundos. Lisandro Alvarado desarrollaría una potente teoría sobre los delitos políticos en nuestra historia y Julio César Salas ordenaría los esquemas mentales para entender la barbarie de la república. Como enfermedad la rotulará César Zumeta, por primera vez en nuestro léxico agónico. El resultado de estas señales tendría un devenir hosco y lúgubre en la realidad del país y en los principios de una filosofía del autoritarismo que desarrollaría Laureano Vallenilla Lanz. Surcando aguas mansas y turbulentas, la literatura sobre el país falsario se haría fuerte en Mariano Picón-Salas y Mario Briceño-Iragorry, promotores elegíacos del mejor pasado frente al cruento acontecer del peor presente (el país hereje les hace soñar con la alegría de la tierra). Las últimas vivencias de las formulaciones baraltianas llegarían con pensadores como Augusto Mijares y Arturo Uslar Pietri, señas de amor al país auspiciadas por la mayor de las desesperanzas (el primero clama por una Venezuela afirmativa de imposible reedición y el segundo por el utópico axioma tópico de que las virtudes aparecerán durante el tiempo difícil). Y, quizá, como punto teórico final, la artillería cierta pero sesgada de Orlando Araujo y su evaluación de la violencia nacional más contemporánea. Miguel Ángel Campos ilumina la incertidumbre con una gravitación que va desde el desagravio y la fe hasta la maldad y la traición. Las cifras de la criminalidad de hoy se asientan sobre el asombro y el miedo y su incomprensión no produce aún una reflexión perdurable o del rango de las anteriores.

La crudeza de estas verdades (metáforas detrás de una lectura de la referencia) que desde lo más profundo de nuestra historia espiritual nos vienen, ha querido revertirse en la fragua de una imagen de pueblo desprevenido, locuaz, bullicioso, desfachatado, irreflexivo e igualitarista que se desdice, desde las plataformas masivas de una sociedad llana y allanada, de todo tipo de actitud rigurosa, seria, respetuosa y aguda ante la vida con sello venezolano y su desarrollo.
La Venezuela festiva teme el silencio. Quizá, sea éste el indicador más penetrante para revelar la situación de un país que no es capaz de asumir su pasado y su destino como ha sido y como será, sino que opta por la ficción de desprevención y de alegría como olvido de la agónica verdad de su madera societaria y cultural. Como si temiera oír en el silencio las duras verdades sobre su existencia, el venezolano corriente y general habla duro, busca la fiesta bulliciosa y genera ruido en grandes y altas proporciones. El ciudadano común se siente con el derecho de imponer a los demás su barullo y su algarabía (al que cree música muchas veces), su fiesta y su hablar resonador con el más abierto irrespeto por la necesidad y privacidad del silencio de los otros (a los que considera entes sociales de rareza enorme o criaturas inexistentes de su paupérrimo imaginario social: los otros no existen o no me importan). Las formas lingüísticas del desorden han ocupado la atención a muchos y muy buenos estudiosos del habla nacional (Pedro Grases y Marco Antonio Martínez, entre otros maestros). Más que simples palabras, estas voces nos están pautando nuestros apegos a todos los rostros del desequilibrio y a todos los paisajes de la inestabilidad. Derrochador en extremo, el venezolano lo hace generosamente con sus altas dosis de escándalo, alboroto y estridencia. Histérica manifestación de histeria, una patología de la masa que se desdibuja, uniforma y anula en el vocerío de personalidad indistinguible.

La Venezuela festiva teme el rigor. El ruido en que ha convertido su vida no hace sino impedirle la fragua de la mesura y, más aún, hacerle comprender que la medida de lo que hacemos se calibra por la medida con que hacemos las cosas. Así, no quiere enfrentarse a lo ordenado, organizado, disciplinado y riguroso y, como salvación, prefiere convivir con lo inarticulado, desdibujado, impreciso, inconstante y caótico. La cosmografía espiritual de esta nueva estirpe venezolana viene ofrecida por el sintagma del más o menos, una entidad de catalogación y de escrutinio de la vida en donde nada es rotundamente lo que es, sino que todo viene a ser amablemente ni una cosa ni la otra, plenamente. La más perdurable teoría venezolana del conocimiento es el bochinche, un desconcierto que planea sobre nuestra existencia como una lápida de maldiciones desde los primeros y verdaderos tiempos patrióticos. Nos molesta, en suma, todo lo que refiera el orden de las cosas, pues lo entendemos como una falta a la flexibilidad sobre la que hemos edificado nuestra pequeña imagen del universo. Además, estamos convencidos de la inoperancia de lo riguroso como forma de actuación y de comportamiento, pues creemos que nuestra amplitud más entendida nos reporta mejores beneficios: todo es posible y todo se puede de la mano abierta con la que medimos –más o menos– el tamaño del mundo (la medición venezolana está coloquializada en la aproximativa “cuarta” que supone la diversa palma de medida de cualquier mano, que poco importa sea más grande o más pequeña).

La Venezuela triste gesta el humor. Negro o baladí, nuestros grandes o pequeños trabajadores del humor nos asientan cómo el país de la alegría sucumbe a los encantos de esta forma cruenta de pensamiento, sublimada por desapercibidos o planos intérpretes de nuestras realidades y de nuestros ánimos. Enconadas o torpes, las notas con que el humor despliega su manto de respiraciones cuando el oxígeno escasea van a hacernos creer nuevamente en nuestra alegría calcada y apariencial (mientras tanto, nuestras procesiones recorren por dentro la médula sensible de lo que somos). Ganados por la diversión que pobremente creemos esconde el humor, no percibimos la hermenéutica fantasmal que conduce cada una de las muecas fantasmagóricas del humor. La carcajada facilonga que algunos despliegan ante él no es sino evidencia ininteligente e incomprensión del carácter especular del humor, del carácter evaluador del humorismo y del carácter perturbador de los humoristas (tan temidos estos últimos por el poder). En este sentido, el espejo no deja dudas sobre la verdad de estos principios y sobre la desgarrada mirada que las tres entidades anteriores ofrecen como inconexas ecuaciones que hacen imposible comprender la existencia de  humoristas que no perturben, de humorismo que no evalúe y de humor que no especule (siempre en la acepción del reflejo). La dura y agria respuesta del espectador ante el humor va a pautarlo como entidad intelectiva y como género rey en nuestras aulas de pensamiento; únicas vías para entender la inconsistencia del país de la alegría y la crudeza que termina gestando la auténtica tristeza de su constitución. Amante del amor, el humor viene a ser la última y desesperada posibilidad para recordarnos cuánto amamos lo que amamos y cómo odiamos todo acto que desperdicie el mayor de los sentimientos humanos. Aquí, y para no invitar a ninguno de los representantes del humorismo contemporáneo venezolano, será Aquiles Nazoa, el humorista físico y espiritual, el que surque el camino más profundo para hacernos filosóficamente con la clave de la ecuación humor/amor (los más bellos textos de la poesía clásica castellana van a vincular siempre el amor, como sabia espiritual, con el humor, como sabia corporal, haciendo desdichado el uno por las desdichas del otro). 


En suma, el humor será la evidencia de nuestro amor y el amor la persistencia de nuestro humor. El humor en el país de la alegría resulta, pues, el mayor de los contrasentidos. País falaz e inexistente, el gran humorismo venezolano nos está hablando, más bien, del verdadero país doliente, funesto y trágico que hemos querido ocultar bajo imagen simplista y mentirosa, malsanamente bonachona y ligera, en vez de querer reconocernos en la amorosa imagen que de nosotros ha desplegado el humor de nuestros humoristas más amorosos: dulce dolor para dulcificar los dolores. Sólo de la mano del humor conoceremos el amor que sabe sólo de tristezas y de agonías, esas mismas que han hecho nuestra biografía de país. Llamar a la tristeza verdadera en el país de la alegría falaz, no será sino necesario recurso para alcanzar la alegría cierta en un país que asumirá sus humanas cuotas de tristeza, soledad, rigor y silencio.

jueves, 23 de abril de 2015

La felicidad de la clase obrera - Luís Ugalde

La clase obrera va al paraíso (1971) es una gran película italiana del comunista (antisoviético) Elio Pietri. Hoy nos preguntamos cuál es el paraíso de la clase obrera. Se suponía que al otro lado del Muro de Berlín y en China ya vivían en ese paraíso sin explotadores, pero los paradisíacos sorprendieron al mundo derribando el “muro” para respirar libre. Luego nos quedaba Cuba hacia cuyo “mar de la felicidad” nos conducía el Gran Timonel. Hace unos meses hicieron una encuesta secreta en la isla y 75% se atrevió a manifestar que se iría del paraíso si pudiera. Las respuestas revelan una gran desilusión de los cubanos con su “paraíso obrero” y que la gran mayoría sueña con esperanzas fuera de los estrechos muros del régimen actual: libertad personal de iniciativa, de opinión y de empresa, vivienda propia bien equipada, acceso a bienes y servicios de calidad, libre movilidad y libre comunicación por Internet, celular… Luego de 56 años de control del Partido Comunista ateo, 70% tiene una opinión favorable a la Iglesia católica y 49% se confiesa creyente. Total que para la mayoría de los cubanos felicidad es llegar a ser “clase media”.

En Venezuela la “clase media” es la que más está sufriendo, pero los pobres suspiran por ella. Esto es incomprensible para un marxista, para quien las clases son dos, la proletaria explotada y la burguesa explotadora, enfrentadas a muerte sin término medio. Para ellos “clase media” es apenas un “entre tanto”, un “por ahora”, una pasarela  por donde algunos vergonzantes proletarios en ascenso, renegando de su clase, se quieren pasar al enemigo. Por eso un par de ministros de la revolución han advertido sobre esta condición traidora (aunque tal vez sin maldad) de la clase media y el cuidado necesario para que los pobres al mejorar no se “aburguesen”, ni traicionen a su clase, cosa que ocurre fácilmente con un buen trabajo, vivienda, carro, TV, celular e Internet y con paseos a centros comerciales capitalistas o a los paraísos engañosos del imperio… Y reclaman la libertad de viajar y de opinar. Sin querer queriendo, el bienestar y sus ojos de futuro los convierten en “clase media”, los emancipan del gobierno y del partido y pierden todo el deseo de construir el socialismo estatista, controlador y de pobreza perpetua administrada.

Quienes están en el poder al frente de esta miseria creciente no entienden que desde el año 1850 de Marx a 2015 el mundo ha cambiado. Ya no es cierto que el proletario “nada tiene que perder sino sus cadenas”. Hoy la mayoría de los trabajadores europeos tiene más de 12 años de formación y mucho que perder. Lo peor para un trabajador español, francés o italiano es no tener un  empresario con quien poder trabajar.

Por otro lado tampoco tenemos futuro si la empresa es concebida como el negocio del capitalista, cuyas ganancias dependen del incremento en la extracción de la plusvalía del trabajo ajeno. Hoy al empresario no le va bien, a los trabajadores tampoco y no podrán participar en los beneficios del éxito si la empresa no juega en equipo en el campeonato productivo de un mundo globalizado. En equipo se triunfa o se pierde. Al empresario inteligente y con visión no le conviene un trabajador reducido a “fuerza de trabajo”, sino valorado como “talento de trabajo”, preparado a la altura de los mejores del mundo; pero a 14 millones de trabajadores venezolanos les falta en promedio la mitad de los años de buena escolaridad que necesitan. No hay esperanza con este gobierno ciego y empecinado, pero luego la buena gerencia no brotará espontánea y las virtudes del empresario del siglo XXI son escasas y hay que multiplicarlas.


El afán de superación es una buena cualidad y la revolución de las  aspiraciones un hecho que transforma todo, pero se frustra si queda solo en consumismo, sin el complemento de valores humanos de fondo como la solidaridad y prácticas efectivas que llevan a producir juntos y compartir el bienestar común. Necesitamos apostar en serio y nivelar hacia arriba las potencialidades de la población empobrecida que hoy carece de lo fundamental. La gente no aspira a ser millonaria, sino a tener oportunidades y acceso a los bienes y servicios, al respeto y vida digna con empresas exitosas en la que sean valorados por su talento y productividad. Esta “clase media” es el paraíso soñado por los pobres, que es mucho más que salir de este lamentable y desorientado gobierno.

Publicado en La Patilla - Opinión - 23-04-2015

jueves, 4 de diciembre de 2014

La clase intelectual

ANTONIO LÓPEZ ORTEGA
La clase intelectual
4 DE DICIEMBRE 2014

Muy en el fondo de sus cavilaciones, la clase intelectual venezolana siempre se ha sentido lejos del país. Puede pensarlo, soñarlo, añorarlo, criticarlo, pero el crío siempre termina caminando hacia otro lado, buscando un horizonte agreste con gesto inconsciente. Digamos que esa correa de transmisión nunca ha funcionado: las ideas que se producen de un lado no llegan a la masa, y la masa inmadura tampoco busca guía o señales. Hay quien ha visto en ese hecho inconmovible el gran fracaso de nuestra educación, más que palpable en estos últimos años: ni el maestro goza de entusiasmo para departir conocimientos ni el joven alumno asimila nada distinto a imágenes dispares. Esa capacidad de sembrar valores en los jóvenes espíritus nunca ha sido tarea fácil, pero desde la Antigüedad griega los maestros eran verdaderas columnas de la sociedad, pues mientras transmitían las grandes verdades culturales también enseñaban a pensar. Hoy en día, sin embargo, en nuestro descoyuntado país, cualquier iniciativa instruccional se topa de inmediato con la ignorancia crasa. En términos generales, el pasado es una noción inexistente y el presente una especie de combustión instantánea.

Muchos de nuestros problemas, de nuestras taras, de nuestras inconsistencias, han sido develados durante muchos años por nuestra clase intelectual. Ahí están el retrato ominoso de Guzmán hecho por Ramón Díaz Sánchez, o la Comprensión de Venezuela de Mariano Picón Salas, o el Mensaje sin destino de Briceño Iragorry o los diarios carcelarios de Blanco Fombona. Nuestros grandes cuentistas se han encargado de desmenuzar nuestra realidad física y emotiva, hasta llegar a niveles insospechados. Y no se hable de nuestra gran poesía, capaz de atravesar la materia para dar cuenta de nuestra cosmovisión y afanes. Ese tesoro está allí, a la mano, pero nadie lo consulta, ni tampoco el gesto docente lo trae al salón de clases. Si así lo hiciéramos, veríamos que nuestra tragedia actual –minada por el caudillismo, el personalismo, el militarismo, el despotismo y la corrupción– se asemeja a retratos de época. Para un lector atento o instruido, los desmanes de hoy pueden ser los de ayer, calcados al pie de la letra en muchos casos. Ya hemos tenido grandes frescos literarios que nos han hablado del poder omnímodo y su rastro de sangre. De manera que esta película que nos quiere mostrar hombres nuevos y socialismos del siglo XXI, en verdad nos habla de hombres viejos, muy viejos, y de taras que se repiten. Vivimos en el reino de la regresión creyendo que conquistamos el futuro.


Los libros de nuestros intelectuales son señas de identidad indelebles o rastros que brillan en el vacío. Sus vidas se abocaron a construir sentido, significación, entendimiento y razón de ser, en la mayoría de los casos mucho más allá de nuestra clase política, por lo general inconsistente. Cualquier página de este legado coral, cualquier frase, le tapa la boca a las estupideces que a diario pronuncian nuestros llamados representantes, artífices del rebuzne. Esas páginas son nuestro consuelo, pero también nuestra tabla de salvación. Mirar hacia el futuro es reencontrarlas, pues no hay mapa mayor del país integral que ese legajo infinito de hojas macerado a través eza se entregaron a los otrosnf f ermedad, la c mapa mayo del paupideces que a adiario oos al pie de la letra en muchos casos de los siglos por venezolanos honorables. Vidas que desde el exilio, la enfermedad, la cárcel o la pobreza se entregaron a los otros. Vidas ejemplares sin saber que lo eran.

martes, 2 de diciembre de 2014

¿Es posible la democracia en Venezuela?

¿Es posible la democracia en Venezuela? // 
Ana T. Torres en “La juventud y la política en el siglo XXI”

Discurso de Ana Teresa Torres durante el IV Foro Venezuela: La juventud y la política en el siglo XXI. El poder y la democracia en Venezuela. Identidad, participación y gobernabilidad, organizado por la Asociación de egresados de la UCV, UCAB, UNIMET, USB, y MA. UCV, 29 de noviembre 2014.

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La democracia es un bien escaso que podemos lograr pero también perder, y su construcción y mantenimiento son tareas permanentes para cualquier sociedad. Según algunos pensadores de indudable legitimidad, el pueblo venezolano tiene una indomable vocación democrática, de modo tal que los momentos antidemocráticos que puedan eventualmente presentarse en algún  tramo de su historia son pasajeros. Ciertamente, todo momento histórico es por definición pasajero, pero no es esa una respuesta suficientemente tranquilizadora. No comparto el dicho según el cual “el ADN venezolano es democrático”. No hay nada en los venezolanos que asegure su destino democrático, como tampoco hay nada que asegure lo contrario. En Venezuela durante cuatro décadas tuvimos un Estado liberal que puso en práctica una democracia populista, muy efectiva en los primeros veinte años (1958-1978) y progresivamente deteriorada en los segundos veinte años (1978-1998). El momento inaugural puede localizarse el 18 de octubre de 1945; su momento emblemático el 23 de enero de 1958; su decadencia en la década de los años ochenta, con varias fechas significativas: 1983 –año de de la devaluación de la moneda–; 1989 –año en que se produjeron los sucesos conocidos como el Caracazo;  1992 –año en que tuvieron lugar dos golpes de Estado conducidos por el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200; y su caída en 1998 –año en el que uno de los comandantes golpistas obtuvo el triunfo electoral en las elecciones presidenciales con una amplia mayoría.

El derrumbe del mito democrático consolidó una matriz de opinión (que persiste hoy) según la cual Venezuela quedó literalmente destruida durante el período de la democracia representativa; opinión, creencia o sentimiento que se transformará en idea fuerza en el discurso de la Revolución Bolivariana. La negación de todo lo construido a partir de 1958 se insertó en el pensamiento de los venezolanos como una idea irrefutable; a mi juicio no suficientemente contestada por los factores opositores que, por temor a la matriz antipartidos, han mostrado una conducta tímida, y hasta cierto punto avergonzada, en la defensa de los innegables logros del período, y de la democracia como sistema.

Después de 15 años de destrucción sistemática de las instituciones y la cultura democrática nos encontramos hoy, a fines de 2014, en un momento signado por una disyuntiva: la posibilidad, por el momento incierta, de reconstruir el régimen democrático, o al menos de refaccionar el actual para que alcance de nuevo la calificación de democracia, y al mismo tiempo de perderlo por un tiempo indefinido. Tenemos, a mi juicio, factores a favor y en contra, desde el punto de vista de nuestras matrices culturales, percepciones, autopercepciones, creencias, mitos y valoraciones. Entremos, pues, en las representaciones del imaginario  venezolano, que no son en sí mismas ideas políticas pero tienen como consecuencia efectos políticos. Pero antes de establecer los obstáculos y las ventajas socioculturales para la democracia, quisiera de antemano proponer que Venezuela no reúne los requisitos mínimos para una democracia plenamente liberal, según el modelo de los países europeos y norteamericanos, ni tampoco los reunía en 1958, de modo que el sistema que funcionó fue el de la democracia populista dentro de un Estado liberal. Para el funcionamiento pleno de una democracia liberal se requiere de un Estado cuyas instituciones públicas sean más fuertes y respetadas por toda la sociedad que las tendencias personalistas que inevitablemente surgen en los individuos. Veremos a continuación que esa premisa no se cumple. Y desde el lado de los ciudadanos se requiere, precisamente, la mentalidad de ciudadano, la mentalidad del “pagador de impuestos” (Tax payer), consciente de que es su trabajo y el producto de su trabajo lo que sustenta al Estado y a la sociedad, y que por lo tanto su opinión y su conducta deciden en lo macro y en lo micro. Esto supone una sociedad civil organizada y fuerte. Mi opinión es que esta mentalidad no puede instalarse en los países petroleros (ninguno de los cuales es democrático, a excepción de Noruega que tiene su propia historia democrática anterior a la explotación petrolera) porque en ellos se conforma una mentalidad de recibidor de dádivas provenientes de la renta petrolera, y lejos de pensar que es la ciudadanía quien sustenta al Estado y a la sociedad, supone lo contrario, ya que esa es la verdad económica, por lo menos por ahora; qué ocurriría en una Venezuela pospetrolera, cuyos vientos comienzan a soplar, es tema para los economistas. Hecha esta salvedad, que por supuesto es solo una opinión, no tengo ninguna duda en afirmar que el establecimiento de una democracia populista es considerablemente mejor que la permanencia de un régimen populista radical dentro de un Estado antiliberal como el actual, cuya definición más precisa dejo a los politólogos.

Comenzaré por un listado de obstáculos socioculturales a la identidad democrática.
Imaginario democrático. Entiendo por ello no solamente el cumplimiento de algunos ritos y formas democráticas, como el ejercicio del voto o la existencia nominal de los poderes públicos, sino el reconocimiento de los valores esenciales del sistema, tales como la separación de poderes, el respeto por las leyes y la Constitución, los derechos de las minorías políticas,  la alternabilidad de gobierno, el sometimiento del poder militar al civil, la credibilidad en los organismos del Estado como representantes y custodios de los derechos y deberes de todos los ciudadanos, y en general la aceptación de una cultura ciudadana. Esos valores esenciales han sido sistemáticamente irrespetados por los actores de la llamada Revolución Bolivariana y ese irrespeto no es solamente una conducta de quienes detentan el poder sino un estilo de vida que ha ido permeando a toda la sociedad.
Encontramos una profunda erosión ética que no solamente incluye los modos arbitrarios y despóticos de los gobernantes sino que perfila el comportamiento de las mismas bases sociales. Una sociedad del “todo vale”, y al mismo tiempo, del “nada vale” que nos condena a una estrategia del “resuelve”. Una sociedad en la que la vida humana ha perdido significación y nos hace a todos potenciales enemigos de los otros; en la que la palabra, hablada, escrita o sancionada por las leyes no tiene mayor capacidad para orientar ni a los gobernantes ni a los gobernados, de modo que nos convierte a todos en sospechosos sin credibilidad alguna; un poder político que se administra de acuerdo a las necesidades de seguir manteniéndose en acto, a costa de cualquier cosa y con absoluto desprecio por sus limitaciones constitucionales; una división social que se propone para expatriar a los que entran bajo la consigna de “enemigos de la patria y de la revolución”, a quienes por consiguiente se les niega existencia política legítima, de lo que se deriva una noción de pueblo confinada a los seguidores del gobierno; pero también un desprecio y desconocimiento hacia quienes lo apoyan por parte de quienes lo adversan; una organización económica  progresivamente inclinada a fortalecer la creencia de que el Estado es el único mantenedor de los desfavorecidos, al mismo tiempo que la productividad privada no es considerada como el ejercicio de un derecho y una necesidad social sino una práctica moralmente indigna y explotadora; unos modos de administrar el poder que se sustentan en el eje directo gobierno-pueblo sin que las mediaciones institucionales tengan alguna relevancia; a lo que pudiéramos añadir no solamente una violencia ingobernable sino la ocurrencia de acontecimientos extravagantes que hablan de dislocaciones de la cordura: desde la instalación de discotecas en las cárceles hasta la tortura de animales en los zoológicos. Todo, en fin, parece decir que no sufrimos solamente el despropósito de los gobernantes, sino que algo también se ha ido descomponiendo en la sociedad, algo que no se subsana con un simple cambio de gobierno, aunque, por supuesto esa sería la petición de principio.

Por si fuera poco en los últimos años el imaginario social ha venido a solaparse con el orden religioso, o al menos con signos externos de la religiosidad que se han hecho constantes en todo discurso político, sea cual sea su signo. El uso de símbolos religiosos se ha hecho frecuente en las declaraciones de los políticos y opinadores, y forma parte del habla cotidiana en frases como “los tiempos de Dios son perfectos”. Esto sugiere un abandono de la política como el espacio de negociación de las necesidades humanas en busca de lo sobrenatural como el espacio de la salvación. Una sociedad  invadida por una desesperación colectiva en la que lo mismo se pide una vivienda, una sanación, un lugar en alguna de las misiones que una televisión digital. Y se le pide a Cristo, a María Lionza, al alcalde, al espíritu de Chávez, al cuñado que milita en el PSUV o a la amiga que es vocera de una comuna. Un discurso que ha dejado de ser un cuerpo de ideas políticas para convertirse en un sistema de demandas naturales y sobrenaturales.

Así como en las democracias los militares pertenecen a los cuarteles, también los dioses deben volver a los templos, al ejercicio privado de las creencias. De lo contrario terminaremos pensando que el gobernante es un enviado de Dios, y que los gobernados recibiremos bendiciones o maldiciones por nuestra conducta política. Vivimos en una mezcla de milenarismo con socialismo, militarismo, bolivarianismo y religiosidad que hace cuando menos escarpado el camino a la restitución del imaginario democrático.

Valoración del pacto social. Silverio González Téllez, en La ciudad venezolana. Una interpretación de su espacio y sentido en la convivencia nacional (Caracas: Fundación para la Cultura Urbana, 2005: 141­146) afirma que en Venezuela el comportamiento doméstico predomina sobre el comportamiento social, y la ética de esa socialización está determinada por una cultura matrisocial. González retoma las tesis de Samuel Hurtado y de Alejandro Moreno, así como la noción de “crisis de pueblo” de Briceño Iragorry para centrarlas en “las fijaciones primitivas de la matrisocialidad”, que privilegian los vínculos afectivos y privados del grupo tribal sobre los impersonales, indispensables para establecer normas de convivencia y criterios universales. De allí se genera una inconsistencia en la observancia de las leyes “que son para los otros, no para los míos”. De acuerdo con estas hipótesis, el sujeto desconfía de los otros, de la ley y del Estado, y solo respeta las leyes tribales. Esta posición no sé si es antidemocrática pero con seguridad no es democrática. Es la negación del contrato social.
Valoración de la ciudadanía. Para nadie será un descubrimiento que en los últimos años la palabra ciudadano ha sufrido una sensible disminución (si no la eliminación) en los discursos públicos, y ha sido sustituida por la palabra “pueblo”. Esto no es irrelevante. El pueblo es un concepto inclusivo pero amorfo, anónimo, masificante. Todos y nadie lo conforman. Ciudadano es un concepto singular, particulariza al sujeto, lo individualiza. Ahora bien, ¿en qué consiste serlo? O mejor dicho, ¿qué condiciones lo caracterizan?

No pretendemos una definición política del término, sino un acercamiento a la cultura que se desprende del mismo. ¿Quiénes son los ciudadanos? En principio los constructores de la sociedad; los que viviendo en ella contribuyen a su permanencia y crecimiento a través de la producción social: de trabajo, de educación, de valores, de proyectos, de sentidos colectivos; y en tanto tales tienen derechos y deberes con respecto al Estado y con respecto a los otros. Ser conciudadanos no significa que pensamos lo mismo o que queremos lo mismo; no se trata de la pertenencia a un proyecto totalitario. Significa que, aun a pesar de nuestras diferencias, e incluso gracias a ellas, somos partícipes de una empresa que nos interesa a todos. Significa que somos individuos particulares sometidos a normas colectivas que hemos aceptado, es decir, que nos regimos por leyes para asegurar la convivencia pacífica, y que cuando se transgreden esas leyes, la misma sociedad, a través del Estado, tiene la obligación de restituir la justicia y el bien común; desde imponer una multa por estacionar mal el automóvil, hasta la privación de libertad en castigo por un crimen. La debilidad de la cultura ciudadana, en mi opinión, está determinada por el predominio de la cultura heroica en el imaginario social; predominio que ha sido exaltado en estos años pero cuyo origen es histórico.
Cultura de héroes. Ciudadano y héroe son conceptos muy distantes. Muchos pensadores han insistido en esto, citaré a Axel Capriles (La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo. Caracas: Taurus, 2008: 36) porque me parece resume muy bien el tema: “en la psicología del héroe no hay espacio para los quehaceres de la paz. Desconoce el mérito del trabajo y el valor de los imperceptibles logros ordinarios. Desprecia el empeño metódico y constante”. Esas y otras valoraciones son la desafortunada consecuencia de haber impuesto al héroe guerrero como modelo de identificaciones para los venezolanos, y de haber instalado la guerra de Independencia como única proeza de la venezolanidad.      De estos paradigmas derivan los códigos heroicos degradados que inundan el imaginario venezolano, y que resumo a continuación.

El culto revolucionario tiene sus raíces en el seguimiento arbitrario del ejemplo bolivariano entendido como la pasión por arrasar con el pasado, y el permanente deseo de empezar todo desde los cimientos. La confusión de los tiempos y los propósitos de la gesta independentista con los contemporáneos desemboca en una perenne exaltación de la ruptura, que desacredita lo existente en pos de ideales utópicos, sin otra justificación que la búsqueda irresponsable de la renovación permanente. Tiene esto mucho que ver con la dificultad para perseverar y concluir, así como para aceptar la modestia de las tareas posibles, aunque no sean grandiosas ni utópicas.
Esta fascinación por la “revolución” no es patrimonio de la política, ni tampoco una novedad introducida por la Revolución Bolivariana. Dice Gisela Kozak en El país que siempre nace (Caracas: Alfa, 2008: 9­16) que “el pensamiento, la literatura y el arte en Venezuela… para nuestro infortunio, se han prestado en demasiadas ocasiones para justificar la rebelión, el espíritu contrario a la institucionalidad, la violencia, el caudillismo o el rigor dictatorial como destino inevitable”. Sobre las razones que explican por qué los venezolanos cultivan una actitud de escepticismo y de negación ante los logros acumulados, apunta lo que denomina una “vena nihilista”. La visión negadora de la experiencia democrática es, en su criterio, uno de los mejores ejemplos de este caso. El nihilismo expresado en la imposibilidad de construir  y  creer ha sido una fuerza permanente en contra de la generación de valores comunes y la confianza de la sociedad en sus propias potencialidades. Por el contrario, el imaginario venezolano concede su fe y su confianza a los “hombres providenciales” que vendrán a salvar a la patria, y no a la ética de la propia sociedad, como es el sustento del vivir democrático.

El impulso a la libertad, presente en todas las sociedades, adquiere en Venezuela la cualidad del anarquismo, la voluntad de no estar sometido a nada ni a nadie. Estrechamente vinculado con lo anterior aparece el autoritarismo. Una condición esencial de la democracia es no solamente la igualdad ante la ley sino el consenso de que la ley es para todos. Entre los códigos que venimos señalando hay un eje común: la relación conflictiva con la ley. O se la ejerce en forma autoritaria y personalista; o se la rompe invocando un acto “revolucionario”; o se la burla anárquicamente; o se presume de una igualdad arbitraria para no respetarla; o, finalmente, se niega la validez de cualquier ley porque todas son injustas.

Veamos para finalizar algunas tendencias que favorecen la identidad democrática y las perspectivas de cambio.

La aspiración libertaria. Aunque parezca contradictorio con lo que expuse anteriormente, y la libertad sea frecuentemente confundida con anarquía o autoritarismo (“yo hago lo que quiero y no tengo que someterme a nadie”), la aspiración de libertad ha sido una idea fuerza en el imaginario venezolano desde tiempos históricos, y ha estado presente en los momentos más significativos: la independencia, la sustitución de la monarquía por la república, las contiendas de las guerras federales, y la lucha contra las dictaduras del siglo XX.

Si bien la libertad no es la única base de un sistema democrático, es sin duda uno de sus componentes esenciales, y la aspiración de vivir en libertad persiste en la sociedad venezolana.
La preservación del espacio privado frente a la invasión ideológica de corte totalitario. La negativa a pensar o sentir como el discurso del poder dice que debemos pensar o sentir. En la defensa de la penetración ideológica de la educación, desde la primaria hasta la universitaria, puede observarse esta preservación del ámbito privado.

La tendencia igualitarista. Aunque el igualitarismo no es igual a la igualdad, o a la equidad, conduce a una resistencia contra el autoritarismo y la consagración de privilegios, y es una tendencia favorable al pensamiento democrático.

La aspiración a la modernidad. Por la experiencia histórica de un país que vivió un proceso acelerado de urbanización y adquisición de bienes de consumo, la relación con la economía de mercado no ha desaparecido de la mentalidad venezolana en estos años de discurso socialista. De alguna manera los “dakazos” a los que ha recurrido el gobierno indican que esta aspiración al consumo y al bienestar tiene una fuerza importante en todos los estratos de la sociedad venezolana, que se opone a la aceptación de la escasez y penuria que mostraron otras sociedades en los regímenes socialistas.

La reserva histórica. Necesitamos construir un relato alternativo que haga honor a las virtudes democráticas y pacíficas de la venezolanidad, para lo cual el primer ejercicio es recurrir a nuestra historia cambiando el acento de los guerreros hacia los ciudadanos. Venezuela no es solamente una patria de guerreros, ni su mayor gloria haber ganado una guerra que sucedió hace doscientos años, y que por lo tanto está muy lejana de nuestros problemas actuales. Venezuela es también la patria de los que, después de la guerra, tuvieron que dedicarse a la ardua tarea de reconstruir la economía que había quedado destruida, y dejado al país en la mayor pobreza. En esa tarea participaron todos los sobrevivientes. Es también la patria de los que durante el resto del siglo XIX se plantearon las tareas de la educación y el pensamiento en medio de una gran penuria. De los que después, a comienzos del siglo XX fueron los pioneros de la mayor industria, el petróleo, y con el paso del tiempo lograron la construcción de Pdvsa, que fue una alta industria petrolera, con la tecnología avanzada equivalente a la de las naciones más poderosas. La patria en la que se crearon grandes universidades, de las que salieron todo tipo de profesionales, y ha dado grandes figuras de nuestra medicina, educación, ingeniería, ciencias. La patria de millones de ciudadanos que salen de sus casas muy temprano a trabajar, y desde el oficio más modesto contribuyen a la construcción de la vida social. La cultura venezolana tiene una amplia variedad de nombres que ofrecer como ejemplos, como modelos de ese venezolano de trabajo, de solidaridad, de empeño, que queda opacado si se le compara con las figuras de los libertadores. Esa sería la vía para construir una memoria civil; ante cada nombre de guerrero, el nombre de un científico, un artista, un profesional, un artesano. Nuestros niños saben los nombres de las batallas, pero deberían saber también cómo en el pasado llegaron a Venezuela las grandes innovaciones que mejoran la vida: el telégrafo, la electricidad, el teléfono, la radio, la televisión, las vacunas, las autopistas, las represas, los pozos petroleros, los hospitales, las escuelas, los museos, las bibliotecas, internet. Deberían conocer la riqueza de nuestra gastronomía,  la historia empresarial, la calificación de los operarios. Los nombres de nuestros artistas,  nuestros escritores, de los pensadores y políticos, que adelantaron políticas internacionales democráticas en un continente plagado de dictaduras. En fin, toda la construcción social que damos por sentada, como si no hubiesen sido ciudadanos venezolanos los que trabajaron, y trabajan, para que exista. En ella hay una reserva de valores suficiente para edificar el valor de la venezolanidad democrática.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Refundación ilusa

Refundación ilusa – S. J. Luis Ugalde

Vivimos horas amargas de angustia, incertidumbre y frustración nacional y es lógico que muchos sueñen con una refundación para que nazca una nueva república. El desesperado enfermo quiere salud y vive la tentación de creer a quien le ofrezca pastillas milagrosas que con fe producen repúblicas felices, de hombres y mujeres nuevos. Pastillas con constituyentes y constituciones de papel, de las que en Venezuela ya hemos tenido más de dos docenas y casi todas terminaron en frustración. Aquí las cosas van mal no por culpa de la Constitución, sino porque el poder la secuestró y la viola permanentemente y ha comprado las virtudes ciudadanas, por un plato de lentejas a los pobres y por un saco de dólares a las alturas del poder. La desesperación es mala consejera y ahora se corre el peligro de ilusionarse con otra refundación milagrosa, o pensar que el mal está fuera de nosotros, en un millar de políticos y no en millones de venezolanos resistidos a cultivar exigentes virtudes republicanas, abandonando ilusiones evasivas ofrecidas en los bellos papeles de una nueva Constitución. Vemos cuatro pilares sin los cuales no hay República:

1-                           Venezuela somos los venezolanos y vale por lo que somos los venezolanos, no en primer lugar por sus recursos naturales y bellos paisajes.
2-                           Políticamente seguiremos siendo indigentes mientras el poder siga violando los derechos constitucionales y no construyamos un espacio público común donde nos reconozcamos todos con nuestros deberes y derechos.
3-                           Económicamente necesitamos reconocer la grave pobreza productiva actual, fomentada por un gobierno, dueño de una inmensa “riqueza petrolera” no producida, que se proclama Estado-gobierno comunista, repartidor dadivoso a discreción, a cambio de lealtad clientelar.
4-                           Educativamente necesitamos apostar por el desarrollo de la verdadera riqueza que es el talento perdido o dormido de millones de venezolanos. Educación que brinde a cada venezolano la oportunidad de desarrollar su dignidad y poner a valer su talento y esfuerzo creativo con la convicción de que la clave de su pobreza o riqueza está en ellos. Es indispensable crear instituciones y una plataforma educativa pública que active todas las fuerzas sociales plurales (no solo el funcionariado gubernamental y partidista) para brindar educación de verdadera calidad y oportunidades para el desarrollo.

Las frágiles instituciones públicas vienen siendo bombardeadas sistemáticamente con el pretexto de destruir el “Estado burgués” y se corrompen las instituciones democráticas y las virtudes ciudadanas, sin las cuales no hay república. Esta enfermedad no es nueva, pero se agravó en el siglo XXI por haber entregado el espacio público y todos los poderes a irresponsables portadores de ilusiones refundadoras y voluntaristas que prometen felicidad gratis a cambio de un cheque en blanco, con seguimiento y fe ciega en el caudillo que concentra el poder.

Con medio país contra la otra mitad, no hay salida. Es indispensable que cada uno reconozca al otro, sus necesidades, dignidad y legítimas aspiraciones, para convivir y construir puentes de encuentro y de esfuerzo común. No hay paz ni futuro sin esta nueva actitud espiritual hacia el reencuentro y a la reconciliación que transforme la vida política de millones de venezolanos. No habrá liderazgo valioso político, económico, ni religioso sin esta novedad. Necesitamos realismo crudo y duro, pero cargado de esperanza transformadora. Asumir la realidad actual, sin ilusiones políticas evasivas, ni religiones políticas que combinan magia con irresponsabilidad, ni éticas de grandes palabras con saqueo público cotidiano. Reconociendo la dura realidad y sus males sin disfrazarlos, y cultivar la esperanza en el corazón de los que más sufren y no en promesas de refundación ni en “repúblicas aéreas” que vienen en papeles y constituciones carentes de raíces en la realidad misma.

La falta de unión con visión, y de grandeza espiritual en este tiempo crucial tendrá gravísimas consecuencias. No olvidemos la sabia sentencia del Libertador en el año decisivo de 1816: “El sistema militar es el de la fuerza y la fuerza no es gobierno”. La solución al actual sistema militar y de fuerza no está en otro militarismo. No obstante, el rescate de la democracia civil no se dará sin una decidida voluntad civilista en los propios militares.